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sábado, 28 de enero de 2012

El Hombre y la Vida

Por naturaleza, los hombres nacen, se desarrollan, crecen, se reproducen, y mueren. Todos los hombres del mundo tienden a cumplir el mismo ciclo, así como la mayoría de los animales. El único sentido que tiene la vida es ser vivida. Y para ello hay que postergar la finalización de la misma, es decir la muerte. En otras palabras, hay que sobrevivir. Esto se puede apreciar con facilidad en los animales, ya que lo único que hacen en su vida es buscar la forma de obtener los recursos necesarios para sobrevivir y escapar de los peligros. Sin embargo, hay un gran número de hombres  que no necesitan preocuparse por conseguir los recursos, ya que tiene todos al alcance de sus manos.
Si bien hay una gran cantidad de personas que carecen de los mismos, otra gran cantidad los controla como desea.  Eso provoca que dichas personas pierdan la necesidad esencial de conseguir los recursos necesarios, y eso los lleva a tener una gran cantidad de tiempo libre. En el “mundo occidental” una gran parte de estas personas suele tener un trabajo con el que ganar dinero e intercambiarlo por aquellos recursos que no tuvo que conseguir con sus propias manos, sino que fue conseguido por las manos de otro. Es decir, que una persona para comer un cerdo no necesita cazar un cerdo, como haría un puma, sino que puede hacer muchas otras cosas, como escribir, cantar, bailar, pintar, construir, reparar, ayudar, y demás. Claramente la relación entre dichas tareas y comer un cerdo es tan poco obvia que puede costar comprenderla.
Como todo, esto tiene su lado positivo y su lado negativo. Por un lado, el Hombre puede hacer lo que le gusta en lugar de tener que ocuparse de cazar un cerdo. Pero por otro lado, eso lleva a que el principal sentido de la vida pierda fuerza, ya que uno no debe ocuparse de “sobrevivir” del mismo modo que los demás animales, sino que debe ocuparse de conseguir alguno de esos recursos que están al alcance de sus manos de una forma más indirecta. Es verdad que en ese “ocuparse”, el Hombre occidental debe trabajar aunque no lo desee, pero por algo hace eso y no sale de cacería cuando perfectamente podría hacerlo. Aparentemente el Hombre prefiere trabajar unas horas, (algunos más, otros menos, algunos más contentos, otros menos) y así conseguir los recursos, en lugar de ocuparse de conseguirlos de una forma directa.
El Hombre, entonces, se ve obligado a ganar dinero para poder luego canjearlo, y en eso se basa su “supervivencia”. Al ser una tarea mucho más simple que la de los demás animales, el Hombre comienza a plantearse que uno puede hacer muchas otras cosas. Entre ellas se incluye el entretenimiento. El Hombre puede escoger una forma de conseguir dinero que le resulte “divertida” o puede efectuar tareas de gozo en los tiempos libres. El Hombre puede decidir qué hacer o qué no hacer para estar Bien. Y aquí surge el término “felicidad”. En esa elección el Hombre piensa en qué es lo que más le gusta, qué es lo que mejor le hará y demás, y así de a poco comienza a decirse que el único sentido de la vida es “ser feliz”, cuando por naturaleza no lo es.
De esto último se desprende la descripción del Hombre cómo un ser “libre”, ya que tiene la capacidad de decidir. Pero, ¿hasta qué punto es esa descripción cierta?
El Hombre no es capaz de hacerse el Mal a sí mismo, ya que si decidiera hacerlo y cumpliera, estaría al final haciéndose un Bien al cumplir su deseo. El Hombre que se auto flagela lo hace porque quiere, por lo que se está haciendo un Bien, o en otras palabras, hace lo que cree que lo hará feliz. De esta forma, el Hombre no es tan libre cómo cree, ya que está condenado a hacerse el Bien.  
Tampoco tiene sentido hablar de libertad si pensamos en las limitaciones naturales. Por ejemplo, un Hombre que quiere vivir, pero no desea alimentarse, o muere o se alimenta a la fuerza, pero no puede cumplir su deseo.
La complicación es que al ir perdiéndose el objetivo esencial de sobrevivir, el Hombre consigue una gran cantidad de tiempo para pensar en la vida, en lugar de vivirla directamente. Eso puede llevar a que el Hombre descubra que la vida carece de “sentido”.
¿Para qué me voy a preocupar y ocupar en sobrevivir o ser feliz, si al final me voy a morir? Si bien yo creo que la Felicidad es una utopía (opino que hay lapsos breves de felicidad, que se dan cuando uno cumple un deseo, pero la Felicidad propiamente dicha no existe), otros consideran que no lo es, y por eso constantemente la buscan. Pero al final todos van a morir, aquella persona feliz como aquella infeliz. Y cuando se mueran, la felicidad terminará. La vida terminará.
Eso lleva a nuevas preguntas, como: ¿Por qué vivir una vida sin sentido? ¿Por qué no morirse ahora mismo y acelerar el proceso? ¿Por qué sufrir o preocuparse si no llevará a nada?
A mí se me ocurren 2 respuestas posibles. O bien esos breves instantes de felicidad valen más que cualquier sufrimiento, o bien le temo a la muerte. Personalmente me inclino hacia la segunda respuesta, y con alegría. El temor a la muerte nace del instinto natural de supervivencia. Deseamos escapar a la muerte porque entendemos que allí termina la vida. Los animales también lo entienden, y por eso también le temen y buscan escaparle.
Esto me lleva al pensamiento de que no hay idea capaz de ganarle al instinto natural. Podemos creer que hay vida después de la muerte o no creer. Pero siempre le tendremos temor y tenderemos a escaparle. Uno podría no entender al que cree que después de morir va al paraíso y no se suicida, ya que sería lógico saltearse la vida, la cual incluye alegrías pero también mucho sufrimiento, e ir al mismo. Por algo no lo hace. Le teme a la muerte. Y ese temor a la muerte se justifica con el creer que los instantes de felicidad valen más que los de sufrimiento. En el paraíso es todo felicidad, por lo que si me aseguraran que existe, yo dejaría la vida e iría al mismo. Pero al no saberlo, temo a lo desconocido y permanezco vivo.
Surge a su vez el concepto “egoísmo” o “egocentrismo”. Cada cual piensa en sí mismo y para sí mismo. Cada cual toma sus propias decisiones para hacerse un Bien a sí mismo. Como queremos sobrevivir y escapar a la muerte, cada uno piensa en su propio ser. Esto también es instintivo.
Cuando se habla de “empatía” muchas veces se cree que es un “acto noble” en el que uno pone al otro por encima de sí mismo. ¿Pero es esto cierto?  Si yo hago algo por el otro, ¿lo hago únicamente para satisfacer a ese otro o porque su satisfacción me satisface? Aquel que decide sacrificar su propia vida para rescatar a una persona cuya vida corre riesgo, al fin y al cabo lo hace para él mismo. Es verdad que busca ayudar a un tercero, pero en esa ayuda está satisfaciendo un deseo propio, una decisión propia. Existe la empatía,  pero va de la mano del egocentrismo. Aquel que piensa en otro, piensa en otro porque le hace bien pensar en otro, y no al revés.
Cuando pienso en el suicidio o en la gente que se suicida, no puedo evitar pensar en lo que ese evento produce en las personas que rodean a aquella persona que se mata a sí misma. Esas personas que sienten afecto por el hombre que comete el acto suicida sufrirán, y posiblemente tengan inconvenientes para seguir adelante con sus propias vidas. De este modo, una persona puede llegar a pensar en el mal que su suicidio generará en las personas que lo rodean y sentirse mal;  eso es empatía. Así, esta persona podrá elegir no quitarse la vida para no dañar a los que lo rodean, porque eso le haría mal. Y si bien una vez muerto ya no podría sentirse mal y no tendría de qué preocuparse, no tiene certeza de que no haya vida después de la muerte. Y por miedo al arrepentimiento, por miedo a la culpa, ese hombre seguirá vivo; y los demás seguirán vivos a su lado, siendo felices con lapsos de infelicidad, o infelices con lapsos de felicidad. (Nuevamente, me inclino por la segunda).

 Saludos.